martes, 28 de marzo de 2023

El amor en los Juegos Olímpicos - Ricardo Bada

No recuerdo exactamente en qué lugar de la extensa y tan inteligente obra de Aldous Huxley (pienso que debe ser en Those Barren Leaves, sólo que soy demasiado haragán como para ir a checarlo), el escritor inglés nos aseguraba que el amor es el mejor deporte que se puede practicar bajo techado: incluso lo llegaba a llamar "el mejor de los deportes caseros". Dicho sea de paso, el autor de A Brave New World cometió el error de morirse en Hollywood el mismo día que asesinaron en Dallas a Kennedy, así que su muerte pasó no sin pena, pero sí sin gloria.


Y volviendo a nuestro tema: prescindamos de lo indiscutiblemente autorizado de su opinión, por la sabiduría de Aldous Huxley y por ser Inglaterra la madre patria de tantísimos deportes. Convengamos, a cambio, que sostener que el amor es, de entre todos ellos, el mejor de los que pueden cobijarse bajo techo, responde en pura lógica a los condicionamientos climatológicos de un país más bien frío y lluvioso. Pero sea.


En una revista colombiana que parte del sabio principio de que si piensas mal acertarás (y que congruentemente se llama El Malpensante), leí hace tiempo un amplio catálogo donde se recapitulaban ventajas y desventajas del amor como deporte. Selecciono las más destacables, añadiendo algunas, no pocas, de la propia cosecha.


Entre las ventajas: 1. Un uniforme más bien estorba. 2. No se requieren zapatos especiales. 3. No existen límites de tiempo. 4. No se suspende por lluvia, excepto en un match al aire libre y atendiendo razones de salud. 5. La cancha es lo de menos. 6. El champaña también puede consumirse antes. 7. No hay árbitros con silbatos que lo echen a perder. 8. Tampoco hay entrenadores que te miran con mala cara si fumas un cigarrillo en las pausas entre cada asalto. 9. No se llevan a cabo controles de doping al término de las pruebas. 10. No existe una cifra límite y reglamentada de intentos, dependiendo su número de la fortaleza y/o la resistencia de los contendientes. Y 11. ¡¡No lo inventaron los ingleses!!


Y ahora, entre las desventajas: 1. Si se hace en un velero nadie lo llama regatas. 2. Excepto en algunos países escandinavos y en los Países Bajos, el profesionalismo es perseguido por la policía. 3. Al final no dan medallas ni se interpreta el himno nacional (si bien esto último, en según qué casos, puede contemplarse asimismo como una ventaja, porque ¿a quién le quedaría aliento para cantar tras una plusmarca olímpica en la materia?). 4. Los padres no deben ir a ver a sus hijos ni hijas adolescentes en plena acción. Y 5. No hay campeonatos mundiales, y a las campeonas locales suele calificárselas con palabras feas que en español riman con gruta, cosa que bien vista es en el fondo una metáfora del lugar donde se anotan los tantos amorosos.


Lo primero que pone de manifiesto una valoración objetiva, y ante todo cuanticualitativa, de las enumeraciones precedentes, es que las ventajas superan desde luego a las desventajas. Amén de todo ello debiera estigmatizarse como injusticia discriminatoria el hecho de que al amor no se lo considere deporte, siendo así que acerca de su práctica profesionalizada reina un consenso unánime: es la prestación corporal con más pedigrí en la historia de la humanidad.


Y a propósito: por ahí corría hace tiempo el chiste de aquella nadadora italiana completamente desconocida, que en unos Juegos Olímpicos dejó estupefactos a los expertos al acopiar más medallas de oro que Mark Spitz en Múnich 1972: ella las ganó toditas todas. Y cuando los reporteros la asaltaron para preguntarle, en el colmo del asombro, que de dónde había sacado energías para semejante descomunal esfuerzo, la signorina respondió: "¿Esfuerzo? Ninguno. Fíjense que llevo varios años ganándome la vida como puta callejera en Venecia." ¿Se la imaginan huyendo a toda braza, por los canales, de las lanchas con motor fuera de borda de la Policía?


Considerando todo lo argumentado, lo único que hace falta es que el COI se muestre dispuesto, por fin, a homologar la práctica del amor como disciplina olímpica (por ejemplo, dentro de la gimnasia rítmica, sin ir más lejos). Ya en estas Olimpiadas –que no es por nada, pero quiero subrayar que se celebran en Grecia, la cuna de Eros– deberíamos haberlo podido ver coronado con medallas de oro, plata y bronce. Eso además de que en cualquier caso, como hubiera dicho Giacomo Casanova, plusmarquista a destiempo, "lo importante es participar". 


Por si las "que ni labráis como abejas ni brilláis cual mariposas", váyanse inscribiendo en los respectivos Comités Olímpicos nacionales para los próximos Juegos, los de Pekín, porque los mandarines, aunque sólo sea por definición (indumentaria), tienen la manga ancha. Y no se les olvide: deben postularse al menos, ¡al menos!, por parejas, igual que en ciertas competiciones harto más agotadoras, aunque desde luego no tan placenteras, de remo y canotaje. Mucho me temo, sin embargo, que habrá que esperar a que la India sea la sede de los Juegos Olímpicos para que tengamos al amor incluido entre sus competiciones. Y si tampoco lo llegase a ser en la patria del Kamasutra, abandonemos ya toda esperanza.

La Jornada Semanal,   domingo 29 de agosto  de 2004        núm. 495

 

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