Los descubrimientos no terminaban ahí. Ese punto que frotaba con los dedos y producía tanto placer se llamaba clítoris y por coincidencias de la vida, también prepucio como el de los hombres. He constatado que llamarle “botón del amor” no es siempre demasiado acertado cuando algunas mujeres, y no por ello menos excitante, lo tienen tan desarrollado como la colita del niño Jesús. Mi Chupaflor era una de estas. A hurtadillas me colé en su celda muy avanzada la noche. Estaba triste por mi marcha y tuve que consolarla asegurándole que nos volveríamos a ver. Más que una premonición era un deseo y lo que necesitaba oír en aquel momento. Fue la única vez que nos quedamos desnudas completamente las dos. Con la luna iluminando la estancia pude saborearle sus pechos generosos.Demasiado grandes, redondos y llenos para una monja. Le cubrí cada centímetro de su piel con saliva. Cuando llegué al pubis le mordí con fuerza en el montículo y gimió de placer.