Los descubrimientos no terminaban ahí. Ese punto que frotaba con los dedos y producía tanto placer se llamaba clítoris y por coincidencias de la vida, también prepucio como el de los hombres. He constatado que llamarle “botón del amor” no es siempre demasiado acertado cuando algunas mujeres, y no por ello menos excitante, lo tienen tan desarrollado como la colita del niño Jesús. Mi Chupaflor era una de estas. A hurtadillas me colé en su celda muy avanzada la noche. Estaba triste por mi marcha y tuve que consolarla asegurándole que nos volveríamos a ver. Más que una premonición era un deseo y lo que necesitaba oír en aquel momento. Fue la única vez que nos quedamos desnudas completamente las dos. Con la luna iluminando la estancia pude saborearle sus pechos generosos.Demasiado grandes, redondos y llenos para una monja. Le cubrí cada centímetro de su piel con saliva. Cuando llegué al pubis le mordí con fuerza en el montículo y gimió de placer.
Después succioné su enorme clítoris hasta hacerle gritar de dolor-placer. Se dio la vuelta sin yo soltar mi presa y penetró con su lengua en mi jardín en una posición que con el tiempo descubrí se llamaba el sesenta y nueve. Mi curiosidad era insaciable y consideré lo acertada de la numeración cuando se tratase de un hombre y una mujer pero haciendo volar la imaginación, la misma complicada postura cuando fuesen dos mujeres o dos hombres debería cambiar de dígitos: el ochenta y ocho para las hembras y el setenta y siete o el treinta y siete para los machos. Intenté con los muslos y las rodillas evitar que los fuertes jadeos despertasen al colectivo pero sus orgasmos eran tan fuertes y seguidos que cundió la alarma. Apenas me dio tiempo de colocarme el hábito y a ella taparla con una sábana. Había sido yo, dije, la primera en llegar alarmada por los gritos que le había producido una pesadilla. Nos arrodillamos todas en el pasillo, junto a la puerta, y rezamos varias jaculatorias para ahuyentar al maligno. La Superiora nos fulminó con la mirada a las dos. Estábamos en su lista negra porque éramos las únicas que no habíamos pasado por su aposento y el Padre Espiritual, que era de todos, sentía cierta predilección por mí y a veces se le notaba.
Antes de empezar
nuestras caricias nos hicimos mutuamente un regalo. Nos cortamos tres pelos del
pubis cada una y los colocamos en sendas cajitas de madera que nos apresuramos
a esconder. La sigo conservando con devoción junto a otros recuerdos. Me
encontré en la calle un día de lluvia, impura pero sosegada, sin el menor
sentimiento de culpabilidad, bastante ingenua y sobre todo virgen. Dejar de
serlo era doloroso y sangrante. No podía evitar acordarme de mi madre y de
aquella chica que murió desangrada cuando la “tocó” un hombre. Ahora entendía
lo que, tan burdamente, pretendía inculcarme. Un tosco, brutal y sucio macho me
lo haría pasar muy mal, pero esa “deficiencia” femenina la podía subsanar yo
misma con el instrumento adecuado. No me atrevía.
¿Existían hombres
delicados? El doctor lo era pero en mi fantasía no quedaba demasiado bien. El
confesor, sin embargo, podía haber sido ese “colaborador” que necesitaba si no
me hubiese parecido “monstruoso” aquel miembro que “evidentemente” mis
condicionantes físicas no aceptarían. Al menos eso era lo que creía entonces.
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