domingo, 8 de febrero de 2026

Los dioses las prefieren castas y puras (fragmento 3) . Luis Viadel Cela

 


Don Zacarías, conservador hasta con el nombre, resultaba ser un blanco perfecto de virus y bacterias, que le impedían el ejercicio de sus funciones con cierta frecuencia. Su hijo, el doctor De Castro, hacía de suplente. Ni que decir tiene que muchas de las hermanas empezaron a tener achaques con la justa asiduidad para que no se les viese el plumero. Las consultas siempre se realizaban con la Madre Superiora delante, sentada en un sillón de madera con apoyabrazos y todas parecíamos menos enfermas cuando descubríamos que en ese preciso día no era el hijo sino el padre quien nos visitaba. Las tocas revoloteaban al viento y oscilaban las caderas, aunque no se apreciase, si don Fermín rellenaba las recetas. Había como un pequeño alboroto en el enjambre.

Una mañana me quité la venda de los senos, tenía algo de tos, y sabía perfectamente que me auscultaría en la espalda y en el pecho con un aparato que si fallaba, o la audición no era lo suficientemente clara, aplicaría su oreja en mi piel. La camilla estaba oculta, parcialmente, detrás de un biombo. Llegó mi turno y no pude evitar mirarle fijamente a los ojos lo que le produjo un cierto rubor. Era alto, moreno, con las niñas marrones y a pesar de sus treinta y pico de años seguía teniendo cierto aspecto aniñado. Tal vez porque no era de barba cerrada y sus labios podían parecer demasiado perfectos para ser masculinos. Noté que se había ruborizado cuando me preguntó como me encontraba. Me hizo sentar en la camilla y que me bajase un poco el hábito por la espalda. Noté su respiración cerca de mi cuello y el aroma de su colonia. Me temblaban un poco las piernas y cambié el ritmo de la respiración sin proponérmelo. Colocó el disco frío en mi espalda y me pidió que aspirase y expulsase el aire despacio. Otra vez. Me gustaban sus labios y su aliento de tabaco. Un médico no debería fumar. No puede evitarlo y mi mente se llenó de pensamientos impuros. Obscenos. Se me escapaban los ojos hacia su bragueta que en unos pantalones impecables no exteriorizaban el más mínimo detalle de su hombría. Ahora por delante. Me desabroché algún botón de más dejando ver una parte de mis senos todavía rampantes, blancos y duros.

Aprecié cierto temblor en su mano. En un alarde de atrevimiento se la cogí suavemente con las mías. Es como si lo hubiese estado esperando. Nos miramos fijamente y sin apartarlos la llevé despacio, pero con firmeza, a mi seno derecho donde el pezón se había despertado brioso. Me palpitaba el sexo y estaba mojada, como si hubiese tenido una micción. Temí que el traje talar estuviese manchado cuando me levantara. Fue el protagonista de las fantasías que me llevaron más allá de donde terminaba la realidad que acabo de contar. Siempre en el mismo sitio, idéntico escenario, con sus personajes que en este caso eran la Madre dormitando en su sillón y las hermanas esperando en la habitación contigua.

Me hubiese gustado ubicar la acción en un bello jardín con césped y figuras mitológicas, grandes árboles y muchas flores con un estanque lleno de nenúfares, jacintos y plantas acuáticas. Pero el principio siempre era el mismo: el doctor auscultándome. En una de ellas, me encontraba abierta completamente de piernas, tumbada boca arriba en la camilla, y me separaba con los dedos los labios mayores para que me colocase su estetoscopio. Sería como retrotraerme a la infancia. Yo le hablaba con el sexo y él me contestaba a lo que había oído perfectamente, sin sorprenderse lo más mínimo. No dejaba de preguntarme como podía leerme los pensamientos convertidos en palabras sonantes a través de la vulva. Pero era así de sorprendente.

En realidad estaba pidiéndole que me poseyera y él trataba de explicarme que todo conlleva un proceso y un tiempo, en el que el pene pueda llenar sus múltiples cavidades con el riego sanguíneo, cuando el cerebro, motivado por ciertas percepciones, dicte las órdenes precisas para que vaya adquiriendo el tamaño y grosor necesarios y efectuar con éxito una penetración vaginal. Yo insistía en que no podía esperar más pues corría el peligro de arder en mi propio fuego si antes no acudía presto para aplacarlo. Las dos estructuras cavernosas están fuertemente irrigadas por la sangre a través de una arteria central cada una; otras dos por la cara superior e infinidad de venas por todo el conjunto esponjoso. Se lo suplicaba. Es de considerable importancia el traumatismo producido en estos cuerpos durante el coito cuando la vagina de la mujer es estrecha o en su lugar virgen. Como podría ser este el caso. Ni que decir tiene que en la penetración anal el riesgo es igual.

Era entonces cuando, saltando de la camilla, me lanzaba a su bragueta y le bajaba de golpe la cremallera. Con una sabiduría impropia de todos mis hábitos dejaba al descubierto su aparato reproductor al completo que ofrecía un aspecto apesadumbrado. No era de esta guisa como yo lo recordaba por lo que durante breves instantes permanecí dubitativa y expectante esperando que aquel miembro cabizbajo levantase el rostro mirando al cielo.

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