Don Zacarías, conservador hasta con el nombre, resultaba ser un blanco perfecto de virus y bacterias, que le impedían el ejercicio de sus funciones con cierta frecuencia. Su hijo, el doctor De Castro, hacía de suplente. Ni que decir tiene que muchas de las hermanas empezaron a tener achaques con la justa asiduidad para que no se les viese el plumero. Las consultas siempre se realizaban con la Madre Superiora delante, sentada en un sillón de madera con apoyabrazos y todas parecíamos menos enfermas cuando descubríamos que en ese preciso día no era el hijo sino el padre quien nos visitaba. Las tocas revoloteaban al viento y oscilaban las caderas, aunque no se apreciase, si don Fermín rellenaba las recetas. Había como un pequeño alboroto en el enjambre.
Una mañana me quité la
venda de los senos, tenía algo de tos, y sabía perfectamente que me auscultaría
en la espalda y en el pecho con un aparato que si fallaba, o la audición no era
lo suficientemente clara, aplicaría su oreja en mi piel. La camilla estaba
oculta, parcialmente, detrás de un biombo. Llegó mi turno y no pude evitar
mirarle fijamente a los ojos lo que le produjo un cierto rubor. Era alto,
moreno, con las niñas marrones y a pesar de sus treinta y pico de años seguía
teniendo cierto aspecto aniñado. Tal vez porque no era de barba cerrada y sus
labios podían parecer demasiado perfectos para ser masculinos. Noté que se
había ruborizado cuando me preguntó como me encontraba. Me hizo sentar en la
camilla y que me bajase un poco el hábito por la espalda. Noté su respiración
cerca de mi cuello y el aroma de su colonia. Me temblaban un poco las piernas y
cambié el ritmo de la respiración sin proponérmelo. Colocó el disco frío en mi
espalda y me pidió que aspirase y expulsase el aire despacio. Otra vez. Me
gustaban sus labios y su aliento de tabaco. Un médico no debería fumar. No
puede evitarlo y mi mente se llenó de pensamientos impuros. Obscenos. Se me
escapaban los ojos hacia su bragueta que en unos pantalones impecables no
exteriorizaban el más mínimo detalle de su hombría. Ahora por delante. Me
desabroché algún botón de más dejando ver una parte de mis senos todavía
rampantes, blancos y duros.
Aprecié cierto temblor
en su mano. En un alarde de atrevimiento se la cogí suavemente con las mías. Es
como si lo hubiese estado esperando. Nos miramos fijamente y sin apartarlos la
llevé despacio, pero con firmeza, a mi seno derecho donde el pezón se había
despertado brioso. Me palpitaba el sexo y estaba mojada, como si hubiese tenido
una micción. Temí que el traje talar estuviese manchado cuando me levantara.
Fue el protagonista de las fantasías que me llevaron más allá de donde
terminaba la realidad que acabo de contar. Siempre en el mismo sitio, idéntico
escenario, con sus personajes que en este caso eran la Madre dormitando en su
sillón y las hermanas esperando en la habitación contigua.
Me hubiese gustado
ubicar la acción en un bello jardín con césped y figuras mitológicas, grandes
árboles y muchas flores con un estanque lleno de nenúfares, jacintos y plantas
acuáticas. Pero el principio siempre era el mismo: el doctor auscultándome. En
una de ellas, me encontraba abierta completamente de piernas, tumbada boca
arriba en la camilla, y me separaba con los dedos los labios mayores para que
me colocase su estetoscopio. Sería como retrotraerme a la infancia. Yo le
hablaba con el sexo y él me contestaba a lo que había oído perfectamente, sin
sorprenderse lo más mínimo. No dejaba de preguntarme como podía leerme los pensamientos
convertidos en palabras sonantes a través de la vulva. Pero era así de
sorprendente.
En realidad estaba
pidiéndole que me poseyera y él trataba de explicarme que todo conlleva un
proceso y un tiempo, en el que el pene pueda llenar sus múltiples cavidades con
el riego sanguíneo, cuando el cerebro, motivado por ciertas percepciones, dicte
las órdenes precisas para que vaya adquiriendo el tamaño y grosor necesarios y
efectuar con éxito una penetración vaginal. Yo insistía en que no podía esperar
más pues corría el peligro de arder en mi propio fuego si antes no acudía
presto para aplacarlo. Las dos estructuras cavernosas están fuertemente
irrigadas por la sangre a través de una arteria central cada una; otras dos por
la cara superior e infinidad de venas por todo el conjunto esponjoso. Se lo
suplicaba. Es de considerable importancia el traumatismo producido en estos
cuerpos durante el coito cuando la vagina de la mujer es estrecha o en su lugar
virgen. Como podría ser este el caso. Ni que decir tiene que en la penetración
anal el riesgo es igual.
Era entonces cuando,
saltando de la camilla, me lanzaba a su bragueta y le bajaba de golpe la
cremallera. Con una sabiduría impropia de todos mis hábitos dejaba al
descubierto su aparato reproductor al completo que ofrecía un aspecto
apesadumbrado. No era de esta guisa como yo lo recordaba por lo que durante
breves instantes permanecí dubitativa y expectante esperando que aquel miembro
cabizbajo levantase el rostro mirando al cielo.
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