Necesitaba que la fantasía acabase bien, es decir, que después de tantos avatares consiguiese correrme. Solo pensaba conmigo y estaba cada vez más ansiosa, consciente de que el espectacular cambio debía producirlo yo misma, en aquel momento, pero no sabía como. Incluso llegué a pensar si rezando alguna jaculatoria saldría airosa del aprieto. No recuerdo a que santo o santa invoqué cuando, de golpe, me encontré poseída engullendo aquel órgano que me resultaba familiar. Quid pro quo el sacerdote había ocupado el sitio del médico en mi fantasía, lo que no era habitual, y al instante estallaba como un volcán que me enguachinaba el estómago con su ardiente lava. Simultáneamente me llegó el sofocón acompañado de fuertes sacudidas y espasmos lo que me hizo excretar una mezcla de flujo blanco y orín que me resbalaba por las piernas.
Volví a la realidad
cuando la humedad de mi ropa y del jergón, relleno de hojas secas de panizo,
empezaba a darme escalofríos. Mearme en la cama me dejó turbada y probablemente
sonrojada. No teníamos espejos, por lo que no podía ver como ardían mis
mejillas, pero las notaba, un poco por la vergüenza del colchón mojado y
también por el bochorno al alcanzar la deliciosa convulsión del orgasmo.
Fui perdiendo
paulatinamente ese sentimiento de repugnancia y asco hacia mi propio cuerpo tal
como me lo inculcaron de pequeña. Nunca me había visto desnuda completamente ni
tan siquiera en el baño. Lo tomábamos cubiertas por una sayuela que nos llegaba
hasta las rodillas, pero alguna vez tuve la loca idea de quitarme toda la ropa
y salir corriendo, por el claustro y el jardín, con la melena suelta ondeando
al viento como una bandera.
Llevábamos el pelo muy
corto por lo que no dejaba de ser una quimera. También empecé a no sentirme
culpable por ser mujer y tener una sexualidad que Dios me había dado y la
Iglesia, dirigida por hombres, quería eliminar.
Lógicamente tuve que
abandonar la Orden. Curioso proceso el de la mente cuando se te aglomeran los
recuerdos en una extraña amalgama difícil de ordenar y clasificar. Se mezclan
sentimientos, sensaciones y hechos que una misma llega a confundir. Ingresé
como la viva encarnación de la pureza y la castidad, inocente, pero sobre todo,
ingenua. Salí de otra manera. Crucé el umbral del gran portalón con un somero
bagaje: un devocionario, un rosario de plata regalo de mi madre, un guardapelo
con tres pendejos del pubis de la hermana Chupaflor y una estampa de Santa
María Goretti pintada en 1.929 por Giuseppe Bovelli Soffredini que me regaló mi
Director Espiritual. En realidad me la entregó la Madre Priora, con un gesto
despectivo, en su nombre. Ella había sido el ojo derecho del confesor y no
tardó en percatarse de la predilección que sentía por mí lo que propició el que
tuviésemos más de un enfrentamiento. A pesar de mi interusurio dotal no
permitió que me llevara ni el crucifijo permaneciendo todo mi patrimonio en las
arcas de la Orden. Entre todas las hermanas confeccionamos un vestido, con el
que poder salir a la calle sin tener que hacerlo desnuda, posibilidad que a
ella no le hubiese importado. Lo más sorprendente fue la estampita-reliquia
paradigma de la virginidad de una Santa cuya adolescencia procaz, según la
Madre Iglesia, no pasó de ser el de una niña de once años inmersa en la miseria
y la pobreza de principios del siglo pasado donde el hambre era “el pan nuestro
de cada día”. Su asesino, un joven de su entorno que no había cumplido los
veinte años, la mató probablemente sin llegar a violarla debido a su propia
impotencia más que al rechazo de la frágil, mental y físicamente, víctima. No
entendí el mensaje si es que lo tenía. Tampoco le di demasiada importancia
pensando que tal vez todo era una elucubración de la Superiora. Me intrigaba
saber lo que era realmente aquel puntito negro encapsulado del modesto
relicario. Tratándose de una virgen lo lógico sería una pequeña partícula de su
momificado sexo.
El soliloquio escrito
tiene ciertas particularidades, entre otras que la improvisación es menos
espontánea. Te permite recapacitar, recapitular, rectificar o volver hacia
atrás en el tiempo sin romper la estructura, deteniéndote y volviendo a
reanudar el relato cuando te obligan los quehaceres cotidianos. Continúo.
Leímos del fervor de muchos fieles por el Santo Prepucio que se venera en
determinadas iglesias, y creo que en alguna catedral, sabiendo que se trataba
del cuerpo de Cristo, eso sí, pero ignorando su exacta ubicación y sobre todo
la función que ejercía. Las respuestas a nuestras preguntas siempre eran etéreas
o se perdían por los cerros de Úbeda. Recurrí al Diccionario de la Lengua en la
Biblioteca y encontré lo siguiente: prepucio. (Del latín praeputium).
Masculino. Anatomía. Piel móvil que cubre el bálano.// del clítoris. Pliegue
mucoso formado por los labios menores que cubren el clítoris. ¡Atiza! Acababa
de cazar dos pájaros con un solo tiro. Vayamos por partes. ¿Qué es el bálano?
Según el diccionario: bálano. (Del latín balânus, bellota.) Masculino. Parte
extrema o cabeza del miembro viril. Observo la palabra anterior, balanitis, que
es una inflamación del bálano o glande. También significa bellota y su
significado: Cabeza del miembro viril. Resumiendo: el prepucio es una piel
móvil que cubre el bálano o glande que es la cabeza del miembro viril. Hubo revuelo
de tocas de nuevo pero sobre todo una gran confusión. Yo fui de las
privilegiadas monjas en la comunidad que tuvo la oportunidad de ver, tocar,
oler y succionar un glande sonrosado descubierto de su prepucio. Aunque no la
única. Lo sé. Pero nunca entendí ni nadie me lo supo explicar como pudo Nuestro
Señor Jesucristo subir a los cielos de cuerpo entero dejándose un trocito de su
piel en la tierra. Tampoco el tamaño que alcanzaría dicha piel si pudiésemos
juntar los trozos que se le atribuyen. Desde aquel día todas las Chupacirios de
la comunidad se convirtieron en fervientes devotas de esta reliquia.
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