domingo, 8 de febrero de 2026

Los dioses las prefieren castas y puras (fragmento 2) - Luis Viadel Cela



A pesar de esta experiencia mis fantasías sexuales casi nunca se relacionaban con mi confesor sino con esos ángeles de largas túnicas blancas, hermosas cabelleras rubias, ojos azules y rostros barbilampiños. Eran delicados, etéreos, dulces y cariñosos. Seres capaces de transportarte al Séptimo Cielo en esas visiones que no necesariamente se producían durante el sueño. A veces las tenía en la Iglesia, en el refectorio o paseando por el claustro. También en la celda. Siempre había dos partes; la primera muy traumática cuando, tras muchos esfuerzos, descubría que ese ente translúcido no poseía órganos reproductores. No es que fuese hermafrodita, carecía de todo, ni tan siquiera tenía senos. La segunda era mucho más gratificante cuando desplegando sus enormes alas hincaba el rostro entre mis muslos mientras, flotando en el aire sin dejar de aletear, insuflaba en mi tesoro una cálida brisa de agua de rosas que emanaba de su aliento y se mezclaba con la ambrosía de su saliva y mi sexo nectarino. Apasionante sería la palabra adecuada. Por una serie de razones que iré desvelando, intimé con la Chupacirios que aún siendo un mote peyorativo no tenía connotaciones sexuales.

Mi confesor se mostró muy inquieto cuando me lo escuchó la primera vez hasta que pude aclararle que el sobrenombre, a esa monja, le venía impuesto por su misticismo lírico un tanto trasnochado. En nuestros encuentros íntimos la rebauticé como mi chupaflor que me procuró orgasmos más intensos que los espíritus celestes. Por el contrario, a ella, estas experiencias la elevaron un poco más en un ejercicio ascético donde el placer orgásmico no deja de ser una pequeña muerte dulce. Comparaba sus momentos de turbación al éxtasis de Teresa de Ávila que mientras su alma está buscando a Dios se siente desfallecer con gran deleite, le faltan las fuerzas, se le agita la respiración, no puede abrir los ojos y le fallan los oídos. Pierde los sentidos cuando le parece estar levitando. El arrebatamiento ha sido inconmensurable en esa celestial locura y el gozo un glorioso desatino de embriaguez del alma al ser poseída por Dios. Recuerdo que decía: Legiones de serafines y querubines oscurecen el sol; sus cantos son ensordecedores; las trompetas y los timbales también; y esa consubstancialidad con la luz que me eleva flotando por el infinito, desfallecida y ebria por el celestial vino que me adormece y me convierte en un solo ser con Él y con todas mis potencias sin que mis sentidos ni la memoria sean capaces de entenderlo. Su sexo manaba miel y resplandecía entre la negrura de su bosque y el marfil de sus muslos, tumbada boca arriba en el jergón y la cabeza apoyada en una márfega.

Por el ventano de la celda entraba un rayo de sol que le daba a la estancia un aire empíreo. Parecía una auténtica estampa del Renacimiento con la religiosa decúbito supino arremangado el hábito hasta la cintura y un monje libidinoso con el miembro oblongo. En este caso sin el fraile pero yo a su lado, hurgando en el interior de su gruta secreta con mi hocico, removiendo los humores para extraerlos como la quintaesencia de los extractos suculentos. Empezamos a fraternizar íntimamente en una ocasión, al tener que curarle ciertas heridas que le produjo un cilicio de esparto, hecho a base de gruesos y ásperos nudos en la cintura y en el interior de los muslos. Desde entonces fuimos inseparables hasta el extremo de crear, en algunos sectores de la comunidad, ligeras envidias. Le gustaba el dolor físico. También a otras. Ese artilugio así como las disciplinas, las fabricábamos nosotras mismas en la hora dedicada a las manualidades, con grueso cáñamo y varios ramales en cuyas puntas incrustábamos bolitas de hierro.

A pesar de que los azotes eran en la espalda y por encima del hábito, pronto aparecían las manchas de sangre. Yo lo utilizaba con ella pero le zurraba en las nalgas sin hacerle nunca heridas. Llegaba a ponerle los glúteos carmíneos y eso la excitaba enormemente convirtiendo su sexo en un cráter de lava ardiente. Resultaba muy fácil contagiarse de aquellos orgasmos antológicos y pronto me hacía sucumbir a mí. Recuerdo una vez que no tuvimos los habituales preámbulos mortificantes y no llegaba nunca el éxtasis a pesar de mi insistencia con la lengua en su clítoris, alcanzando yo antes el punto álgido cuando le propiné un mordisco, al tiempo que la penetraba con tres de mis dedos. Gimió de dolor y placer al producirle un fuerte derrame por la rotura del himen. El camino ya estaba hecho. El suyo. La visión de la sangre aún la excitó más y llegó a “sufrir” hasta cinco orgasmos seguidos con mi inestimable ayuda. Quedé alucinada por el descubrimiento. Le pasé el testigo al Confesor cuando me marché. A pesar de todo guardo un grato recuerdo de aquellos años. No los repetiría pero algunas personas las llevo metidas en el corazón. Incluso una con la que no tuve demasiada relación pero que me caló muy hondo: el médico. Existe la antigua costumbre, no creo que se trate de una imposición o norma, de que la salud en los conventos esté en manos de doctores de edad avanzada. No éramos una excepción pero los designios del Señor son insondables.

No hay comentarios:

Publicar un comentario