A pesar de esta experiencia mis fantasías sexuales casi nunca se relacionaban con mi confesor sino con esos ángeles de largas túnicas blancas, hermosas cabelleras rubias, ojos azules y rostros barbilampiños. Eran delicados, etéreos, dulces y cariñosos. Seres capaces de transportarte al Séptimo Cielo en esas visiones que no necesariamente se producían durante el sueño. A veces las tenía en la Iglesia, en el refectorio o paseando por el claustro. También en la celda. Siempre había dos partes; la primera muy traumática cuando, tras muchos esfuerzos, descubría que ese ente translúcido no poseía órganos reproductores. No es que fuese hermafrodita, carecía de todo, ni tan siquiera tenía senos. La segunda era mucho más gratificante cuando desplegando sus enormes alas hincaba el rostro entre mis muslos mientras, flotando en el aire sin dejar de aletear, insuflaba en mi tesoro una cálida brisa de agua de rosas que emanaba de su aliento y se mezclaba con la ambrosía de su saliva y mi sexo nectarino. Apasionante sería la palabra adecuada. Por una serie de razones que iré desvelando, intimé con la Chupacirios que aún siendo un mote peyorativo no tenía connotaciones sexuales.
Mi confesor se mostró
muy inquieto cuando me lo escuchó la primera vez hasta que pude aclararle que
el sobrenombre, a esa monja, le venía impuesto por su misticismo lírico un
tanto trasnochado. En nuestros encuentros íntimos la rebauticé como mi chupaflor
que me procuró orgasmos más intensos que los espíritus celestes. Por el contrario,
a ella, estas experiencias la elevaron un poco más en un ejercicio ascético
donde el placer orgásmico no deja de ser una pequeña muerte dulce. Comparaba
sus momentos de turbación al éxtasis de Teresa de Ávila que mientras su alma
está buscando a Dios se siente desfallecer con gran deleite, le faltan las
fuerzas, se le agita la respiración, no puede abrir los ojos y le fallan los
oídos. Pierde los sentidos cuando le parece estar levitando. El arrebatamiento
ha sido inconmensurable en esa celestial locura y el gozo un glorioso desatino
de embriaguez del alma al ser poseída por Dios. Recuerdo que decía: Legiones de
serafines y querubines oscurecen el sol; sus cantos son ensordecedores; las
trompetas y los timbales también; y esa consubstancialidad con la luz que me
eleva flotando por el infinito, desfallecida y ebria por el celestial vino que
me adormece y me convierte en un solo ser con Él y con todas mis potencias sin
que mis sentidos ni la memoria sean capaces de entenderlo. Su sexo manaba miel
y resplandecía entre la negrura de su bosque y el marfil de sus muslos, tumbada
boca arriba en el jergón y la cabeza apoyada en una márfega.
Por el ventano de la
celda entraba un rayo de sol que le daba a la estancia un aire empíreo. Parecía
una auténtica estampa del Renacimiento con la religiosa decúbito supino
arremangado el hábito hasta la cintura y un monje libidinoso con el miembro
oblongo. En este caso sin el fraile pero yo a su lado, hurgando en el interior
de su gruta secreta con mi hocico, removiendo los humores para extraerlos como
la quintaesencia de los extractos suculentos. Empezamos a fraternizar
íntimamente en una ocasión, al tener que curarle ciertas heridas que le produjo
un cilicio de esparto, hecho a base de gruesos y ásperos nudos en la cintura y en
el interior de los muslos. Desde entonces fuimos inseparables hasta el extremo
de crear, en algunos sectores de la comunidad, ligeras envidias. Le gustaba el
dolor físico. También a otras. Ese artilugio así como las disciplinas, las
fabricábamos nosotras mismas en la hora dedicada a las manualidades, con grueso
cáñamo y varios ramales en cuyas puntas incrustábamos bolitas de hierro.
A pesar de que los
azotes eran en la espalda y por encima del hábito, pronto aparecían las manchas
de sangre. Yo lo utilizaba con ella pero le zurraba en las nalgas sin hacerle
nunca heridas. Llegaba a ponerle los glúteos carmíneos y eso la excitaba
enormemente convirtiendo su sexo en un cráter de lava ardiente. Resultaba muy
fácil contagiarse de aquellos orgasmos antológicos y pronto me hacía sucumbir a
mí. Recuerdo una vez que no tuvimos los habituales preámbulos mortificantes y
no llegaba nunca el éxtasis a pesar de mi insistencia con la lengua en su
clítoris, alcanzando yo antes el punto álgido cuando le propiné un mordisco, al
tiempo que la penetraba con tres de mis dedos. Gimió de dolor y placer al
producirle un fuerte derrame por la rotura del himen. El camino ya estaba
hecho. El suyo. La visión de la sangre aún la excitó más y llegó a “sufrir”
hasta cinco orgasmos seguidos con mi inestimable ayuda. Quedé alucinada por el
descubrimiento. Le pasé el testigo al Confesor cuando me marché. A pesar de
todo guardo un grato recuerdo de aquellos años. No los repetiría pero algunas
personas las llevo metidas en el corazón. Incluso una con la que no tuve
demasiada relación pero que me caló muy hondo: el médico. Existe la antigua
costumbre, no creo que se trate de una imposición o norma, de que la salud en
los conventos esté en manos de doctores de edad avanzada. No éramos una excepción
pero los designios del Señor son insondables.
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