domingo, 16 de diciembre de 2018

¿Qué es la impudicia? - Carlos Pérez Jara - descargar archivo con 25 fotografías de arte erótico


Desde la poderosa influencia del Vedanta en Grecia, sobre la base de un desprecio hacia los sentidos como parte del velo de Maya, pasando por el pensamiento platónico, según el cual las percepciones sensibles, aunque sombras sobre la caverna, permiten por medio del progressus ascender al mundo arquetípico y eterno de las Ideas, hasta los cambiantes postulados de la Iglesia cristiana, empapada a su manera de platonismo «interesado», el uso de la palabra impudicia ha sido extraordinariamente variable. 


Los regímenes políticos y sus propias ideologías han sido el eje de fuerza para retorcer esta idea tratando, asimismo, de venderla como algo universal. No obstante, a lo largo de la Historia, muchos escritores y filósofos han sido calificados de desvergonzados, valoración que, como repetimos, ha ido variando según el territorio y la época en donde nos hallemos: la estela es muy larga, sin duda, y de ella destacan, tanto algunos escritos libertinos de Ovidio, que mucho disgustaron al emperador Augusto, deseoso de imponer en Roma un nuevo modelo de virtudes (algo que acabó, por cierto, chocando con los desmanes de su propia familia, y en concreto de su nada casta hija Julia, a quien tuvo que desterrar finalmente a un islote), pasando por Boccacio y su propia obra, hasta el mismo modernismo de James Joyce, con esos pasajes del Ulises en donde se trata de forma poco «recatada» temas escandalosos de entonces, como el adulterio. 

Son bien conocidos los casos de censura que impusieron diversas fórmulas políticas, catalogando ciertas obras como «repugnantes»; tal es el caso, por ejemplo, del archifamoso poema Las flores del mal, de Charles Baudelaire, uno de esos poetas a quien deciden convertir en maldito casi por confusión generalizada. Y es que parece que lo que, desde ciertas instancias políticas y religiosas, se pretende proteger no es sino la conservación de un orden establecido. Ese supuesto orden moral es el que se ciñe como una cota de malla, no tanto para suprimir por completo los comportamientos y actos que penaliza, como para circunscribirlos dentro de los márgenes angostos de una marginalidad permanente. Sería interesante ver que dicha cota de malla ha funcionado, y funciona, como el resultado implícito de una falsa conciencia.

Como bien dijo Theodor Schroeder, la obscenidad no se encuentra en ningún libro ni representación alguna, sino que supone «una cualidad de la mente que lee o mira». La pornografía, dejando a un lado la nebulosa conceptual de tantos censores (censores de palabra y de actos, pues la mente censuradora registra su repudio público respecto a cualquier manifestación que suponga una amenaza a su no menos difusa «escala de valores») se halla así no tanto en las cualidades del objeto sobre el que se aplica como en la actitud de quien lo juzga. 


La frase del cineasta estadounidense Woody Allen de que el erotismo es la pornografía del otro es absolutamente certera por cuanto que describe ese hecho, tan pocas veces comentado, de que es el censor quien aporta los atributos de obscenidad y no su objeto de desprecio. Ese objeto de desprecio no lo es (despreciable) sino porque, sin duda, encarna en la mente de quien lo condena o rechaza una serie de ideas contrarias a las que este mismo inquisidor propugna. A este respecto, se habla hoy de que debe existir una censura televisiva, lo cual en muchos casos se debe a la estupidez de algunos demagogos y, en otros, a la ingenuidad de unos cuantos bienpensantes. 

La estupidez se halla en el hecho de considerarse rectores universales de lo que debe o no ser puesto en escena, tal y como ya ha hablado de esto Gustavo Bueno acerca de la «telebasura»: como si ellos encarnaran la voz definitiva e infalible que habla en nombre de la sociedad sobre la que actúan decidiendo contenidos. Por otro lado, la ingenuidad de algunos porque, pese a su buena disposición por suprimir ciertos programas de la tele, o al menos la de desplazarlos a franjas horarias que no estén al alcance de los niños (pues, ciertamente, resulta un poco preocupante que a la hora de la programación infantil se emitan sesudos debates formados por zorritas de medio pelo, cotillas homosexuales y chaperos calvos y enfadados), no ven la circunstancia de que, aplicando el mazo inquisidor para esto, habrían de hacerlo para otras muchas cosas, pues es difícil, por no decir imposible, saber cuándo concluye la censura, y cuándo ésta es o no necesaria: es el viejo problema de arrogarse unas competencias para algo que nos parece justo cuando el hecho de ejercer la censura para lo concreto supone, de inmediato, poder aplicarla para lo general. 

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