
Escribir es mirar, o la excusa para mirar. Todos aquellos que
vivimos del cuento deberíamos mirar hasta que nos dolieran los ojos. Yo
justifico mi entrometida curiosidad diciéndome a mí misma que lo hago por
ustedes. Por contárselo a ustedes, por ejemplo, me entrego sin reservas a la
observación de los cuerpos femeninos en los vestuarios del gimnasio. En España
los cuerpos de las mujeres ofrecen una monótona diversidad, nos parecemos
mucho. Aquí, en Nueva York, el abanico de la desnudez es una fiesta. Aquí he
aprendido a mirar sin que se note. Estudio, por ejemplo, los cuerpos de las
negras. No hablo del estereotipo de la negra obesa, no, mis negras, las que ven
mis ojos cada semana, son fastuosas. Una de ellas, la más joven, se aplica
crema en el pecho mirándose al espejo: su carne es tan prieta que parece que
está untando cera en una figurita de ébano. No hay pudor, casi nadie lo tiene.
Mi joven negra lleva un tanga que le deja al aire un culo que se curva hacia
arriba de tal manera que uno podría dejar encima una taza de café. Hay otra
negra en el espejo contiguo, tiene una toalla enrollada en el pelo como si fuera
un turbante, no sé si es consciente de que es una diosa, pero se comporta como
tal. Se pinta los labios de rojo y sonríe al espejo para limpiarse el carmín
que le ha manchado en los dientes.