El desconocido me toma en brazos. Sus axilas desprenden
el olor acre de los mangos silvestres. En lo alto, el cielo es verde y apenas
lo surca el frufrú de los pájaros. Una panda de niños que ríen cruzan el solar
y se suenan las narices más allá. Mi corazón hace lo suyo: palpita a más no
poder. Mis terminales nerviosas se crispan. Yo niego la jerarquía de los roles
sexuales. Reivindico una moral del exceso, la lujuria y el desenfreno. Mis manos
se deslizan por su espalda, se demoran en el nacimiento sudoroso de su culo. De
pronto el mundo entero empieza a fluctuar. Mi desconocido no sabe ya sobre qué
pierna descansar. Creo oírle proferir quejas guturales:
—¡No, no, no! ¡Aquí no! ¡Podrían…, podrían vernos!
Palabras falsas. Pues la inocencia, como los buenos
modales, no es más que superchería. Además, el peligro tiene algo palpitante y exacerba
aún más la pasión.











